Mi abuelo José Antonio era una persona
de una ingenuidad legendaria. No tuve tiempo de conocerle muy bien,
pero entre lo que recuerdo y lo que me han contado mis padres y mis
tíos he podido hacer de él un mosaico de tres piezas con sendas
frases que ha pasado a la historia de mi familia y de mi patrimonio
de grandes ideas.
En cierta ocasión, mientras mi padre
cortaba leña en el pueblo, en Entrambasaguas (Cantabria), a mi
abuelo, que pasaba por allí, le dio por coger unas cuantas astillas
de las que mi padre iba dejando amontonadas a medida que iba dando
hachazos, y las cambió de sitio. Supongo que el objetivo era
ordenarlas según su criterio. Pero parece ser que este criterio no
coincidía con el de mi padre, quien, sorprendido y molesto con lo
que mi abuelo venía de hacer, le preguntó:
- ¡Pero bueno!,
¿¡por qué pone usted eso ahí!?
Y mi abuelo, sintiéndose interrogado,
juzgado y condenado al mismo tiempo (mi padre era capaz de provocar
todas esas emociones con un sola pregunta), respondió empequeñecido:
- ¡Na, pa quitarlo!
Y con la misma naturalidad con la que
había movido las astillas de un sitio a otro las volvió a poner
donde las encontró.
Desde aquel día, en mi casa las mofas
eran muy facilonas:
- ¿Para qué enciences la tele?
- ¡Na, p´apagarla!
- ¿Para qué vas a tal sitio?
- ¡Na, pa volver!
- ¿Para qué enciences la tele?
- ¡Na, p´apagarla!
- ¿Para qué vas a tal sitio?
- ¡Na, pa volver!
Y así una detrás de otra, pues la frase no era una frase, sino una apología de la tontería, por así decirlo. Sin embargo, con el paso del tiempo, después de mucho reír y mucho llorar de risa, he pensado en la frase y me parece que tiene más miga de la que podría parecer, porque en realidad no hay nada que se ponga en algún sitio que no acabe también quitándose de ese sitio, empezando por los objetos y siguiendo con los conceptos, las situaciones y las ideas. Lo que quiero decir es que todo cambia: cambiamos de trabajo, de casa, de novia. Nuestro cuerpo cambia de la infancia a la adolescencia, y de ahí a la edad adulta y a la vejez, nuestra idea mental o emocional de nosotros mismos o de los demás cambia, los planetas se mueven constantemente, y está demostrado que la materia está también está en permanente cambio. No hay más que ver el trajín que se traen los átomos y las partículas subatómicas de todo lo que existe. La quietud como tal, no existe en este mundo. Todo está puesto en un sitio “pa quitarse”. Nada es permanente, y nuestra vida, aunque suela olvidársenos, tampoco.
En otra ocasión, no siendo yo muy grande ni muy pequeño,
pero lo suficientemente avispado como para hacer cuentas, hice un día
un cálculo que no me cuadraba muy bien y lo comenté abiertamente en
una comida familiar, también en el pueblo. No sé por qué azar
llegó a mi conocimiento el día de la boda de mis abuelos, y como yo
ya sabía cuándo nació mi madre, simplemente me puse
a restar meses. No sé qué me me llevó a eso, pero resultó que la
resta daba menos de nueve, y por eso, con la inocencia más grande
del mundo pregunté:
- Abuela, ¿cómo es que mamá nació
después de menos de nueve meses después de que usted y abuelo se
casaran? Porque los niños tardar nueve meses en nacer, ¿no?
En aquel momento pensé que a mi abuela
le había dado un apretón, o algo así, porque la mujer desapareció
de la mesa como si nunca más fuera a aparecer. La pobre, con las
consideraciones de la época, guardaba aquella circunstancia en lo
más profundo del cofre de sus vergonzosos secretos. Pero lo más
llamativo de esta circunstancia, que yo no llegué a entender hasta
pasados varios años, no fue mi abuela convirtiéndose en relámpago,
sino la explicación que mi abuelo dio para tal eventualidad. Ante
esto, que todos sabemos tenía una sola explicación, mi abuelo dijo, quedándose más ancho que largo: “¡Na, fue un pocu na más!”.
Si tuvimos mofa en mi casa con lo de
“pa quitarlo”, lo de “un pocu na más” ya se hizo más que
proverbial. Podía uno ducharse “un pocu na más”, ir a dar un paseo “un pocu na más”, coger el autobús “un pocu na más”, etc. Pero también a esta frase, con el pasar del tiempo, le he
encontrado la grandeza, porque me he dado cuenta de que gracias a pequeños pocos puede haber enormes cambios en todos los órdenes: político,
social, económico, profesional... y por supuesto también mental. Cambios diminutos, circunstancias aparentemente irrelevantes pueden ocasionar enormes consecuencias, ya sea para
bien como para mal. El mundo en el que vivimos está sometido a
infinitas variables, y un pequeño desliz puede hacer, por ejemplo,
que yo exista y esté aquí ahora mismo escribiendo esto, aunque sólo
sea “un pocu na más”. ¡Ojo, pues, con los pequeños cambios,
porque no hay ninguno grande que no empiece por ellos!
Y para terminar, su tercera salida. Para mí, otra gran afirmación digna del mismísimo Buda. Se conoce que, aparte de trabajar con vacas, cerdos, tierras y
colmenas, el hombre también recogía nueces, y tenía por costumbre
ir a venderlas al mercado de Reinosa. En una ocasión una mujer interesada en comprarle algunas le preguntó:
- Oiga, las nueces estas estarán
buenas, ¿no?
Hay que reconocer que la pregunta era ya
en sí un poco absurda, porque todos sabemos lo que iba a decir el
vendedor independientemente de la bondad de las nueces. ¿Qué iba a decir si quería venderlas? Diría que sí, que estaban buenas, y punto. Pero mi abuelo, haciendo otra vez
gala de su extremadamente imprevisible forma de pensar le soltó:
- Usted no se preocupe, señora. Si
encuentra alguna mala, la tira y ya está.
¡Qué obviedades tan grandes!, tanto la
pregunta como la respuesta. Pero aún así, creo que la respuesta, al igual que
las anteriores, lleva sucinta filosofía pura. Por supuesto que puede
haber nueces malas. ¿Quién puede garantizar que no las haya? La
cuestión es qué hacer con ellas si toca alguna. Pues está bien
claro: ni caso. ¿Cuántas veces no podríamos haber aplicado lo
mismo a diferentes situaciones de la vida que nos han hecho sufrir?
¿Por qué no las ignoramos con la naturalidad con la que se
ignoraría una nuez pocha? Esta tercera frase es una apología
maravillosa de la aceptación. En primer lugar aceptación de que nueces malas
puede haber y habrá, y en segundo lugar de que lo mejor que se puede
hacer cuando a uno le toque una es tirarla e ignorarla.
Y aquí se completa la enjundiosa trilogía
filosófica de mi abuelo, alguien a quien vi hipnotizar enormes enjambres con una piedra, al que las abejas no picaban, sino que le besaban, que me explicó por qué si el mismo enjambre se pone en dos colmenas diferentes entonces en una de ellas se mueren todas las abejas, y que me dio a probar la única verdadera miel pura que he catado en mi vida, manchándome gustosísimamente el hocico según caía de un saco de arpillera a través de cuyo tejido él la colaba. Lo he contado por un par de razones. La primera, porque necesitaba introducir los conceptos de la impermanencia
de las cosas, la importancia de los pequeños cambios, y la conveniencia de la
aceptación como actitud mental, porque haré alusión a ellos en
sucesivos capítulos, y resulta que estas ocurrencias de mi
abuelo me venían que ni de molde porque esas ideas se corresponden
respectivamente a lo que él acuñó en sus frases de “pa quitarlo, “un
pocu na más” y “si está mala, la tira”. Y la segunda razón para contar todo esto ha sido sencillamente que creo que en mi casa se van a reír mucho viéndolo por escrito.
Ni que decir tiene que dedico estas
líneas a la memoria de mi abuelo José Antonio, el hombre más ingenuamente sabio que he medioconocido en toda mi vida.
- Jaipur (Rajasthan) - India, 24 de septiembre de 2015.