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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética, es decir, de lo esencial. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, en India como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer, y actualmente en Malí cooperando con CONEMUND en proyectos de seguridad alimentaria y equidad de género. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.
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domingo, 22 de febrero de 2015

La puerta de viento


De pequeño noté que a mi alrededor había un montón de cosas a las que me podía referir: una mesa, una silla, una persona, el viento, una sonrisa, un deseo… y empecé entonces a distinguir unas de otras por su utilidad y porque unas se podían tocar con las manos, otras sólo un poco, y otras sólo se podían pensar o imaginar, que era como tocarlas pero no con las manos sino con algo que había dentro de mí. La silla y la mesa eran tangibles, las personas eran tangibles y tangentes, el viento era algo que me tocaba a mí, la sonrisa era algo que se escapaba de las manos pero que se quedaba atrapado en los ojos -así que entendí que los ojos eran manos de luz- y un deseo era una cosa viajera que al principio sólo se podía tocar con eso que había dentro de mí pero que luego, a veces, se movía de un mundo a otro y acababa pudiéndose atrapar con la piel, o con los ojos, o incluso con el oído, porque también se podía desear escuchar a alguien decir algo, y hasta se podía desear oler y gustar, como un postre de mi madre. El deseo fue, pues, el concepto que más pistas me dio sobre la naturaleza verdadera del universo que se desenvolvía a mi alrededor porque me descubrió que había puertas que unían lo que sólo se puede tocar desde el interior con todo lo demás. Del viento pensé que era algo parecido a un deseo externo a mí, y que no dependía de mí que soplara o no, y que sólo acariciaba cuando él quería, y que lo que él quería nada tenía por qué ver con lo que quería yo. El viento me dio la primera pista sobre que el mundo de los deseos no era sólo mío.

Poco a poco la percepción de lo que había a mi alrededor fue complicándose cada vez más. Al principio el propio mundo sensible se engrandeció y empezó a hablar un lenguaje que no parecía suyo. Me asombró, por ejemplo, que la luna tuviera algo que ver con las mareas, o que el sol estuviera relacionado con que la tierra diera vueltas elípticas a su alrededor, o que lo de saltar y volver a caer al suelo fuera consecuencia de la cantidad de materia que había debajo de mí, y que en la luna mis saltos estarían más valorados y premiados con más liviandad. Resultó que todos estos asombros se fueron sosegando por el efecto en mí de un calmante que pertenecía al mundo de lo que sólo se sentía por dentro. Ese calmante fue la física. Era como un juego con números e ideas que se practicaba con el cerebro y que daba una satisfactoria explicación a todos estos sorprendentes fenómenos. Al final me parecía tan normal que la luna dictara mareas como que una silla sirviera para sentarse.

Pero la historia acababa de empezar, porque el mundo de lo intangible también empezó a burbujear dudas y a escapárseme del entendimiento. Durante la adolescencia, el amor -el león del Ngorongoro del parque natural de lo intangile- se fugaba por las noches de su entorno y se convertía en persona, y el deseo -eso que hasta entonces pasaba de un mundo a otro y se convertía en juguete, o en coche, o en cualquier capricho- se quedaba en casa y empecé a desear cosas no tangibles, así que descubrí que había deseos nómadas y deseos sedentarios. Eché de menos entonces una física para el mundo interior, algún juego con números e ideas o con lo que fuera que me explicara con la claridad con la que la física me explicó la relación entre un salto un su caída cómo funcionaban las cosas en el mundo de las emociones, y por qué a veces no había relación entre mis deseos cumplidos y la sensación de satisfacción que eso me daba. Apareció en mí el desconcertante interés de querer saber qué tenía que desear, y en ello estoy aún hoy en día, aunque últimamente tengo barruntos que me llevan a pensar que la cuestión está en cómo conseguir no desear nada, lo cual es ya en sí mucho desear.

Teniendo todo esto en cuenta, con las primeras canas se me aclaró también la idea de que había mucho del mundo interior –el del amor y los deseos- en el de ahí fuera -el de la silla, la mesa y la persona- y que las puertas que unían ambos no eran más que viento, eso que soplaba cuando ello quería. Y actualmente, a estas alturas de mi pequeñez, cada vez me resulta más diáfano que las diferencias entre un mundo y otro son más bien sutiles cambios de una misma y única esencia que diferentes entidades, hasta el punto de que he comprobado empíricamente, con la precisión de la física -esa que me explicó que cuando la luna sonríe, el mar baila- que mi pensamiento es un viajero que cuando parte se viste de deseo, luego se hace idea, más tarde palabra, después actitud y camino, y por último viento en cabellera ajena. 

Lo que pintan la silla y la mesa en todo esto es que sentado en la primera y con el libro apoyado en la segunda puedo leer a Ghandi cuando dice: “Cuida tus pensamientos porque se convertirán en tus palabras; cuida tus palabras porque se convertirán en tus actos; cuida tus actos porque se convertirán en tus hábitos; cuida tus hábitos porque se convertirán en tu destino”, lo cual produce en mí una sensación de conexión parecida a pedirle un deseo al viento y que éste acceda amorosamente a soplar sobre mis ideas justo cuando y como yo quiero. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

Planeta madre

Desde que viajo por el mundo buscando buscar, sin un deseo concreto, sólo deseando desear, me he dado también muchos paseos íntimos por el “planeta madre”. El planeta madre es mi madre. Más que un planeta es una estrella, o mejor, una explosión estelar, una supernova que irradia un amor deslumbrante en una longitud de onda perceptible desde cualquier parte del universo independientemente de la galaxia personal en la que esté embarcado. Es mi big bang. 

Cuando hablo con ella y le intento explicar que mi intención es perseguir el conocimiento y la realización personal a través de los viajes y la integración en diferentes culturas, que no tengo miedo al futuro porque no aspiro a ser longevo sino a ser sabio, y que donde ella ve estabilidad en el confuso concepto de trabajo fijo yo veo unos clavos en mis pies, me mira como que me hubiese vuelto loco (y quizás con razón, aunque la verdadera locura sea ser cuerdo en un mundo de locos).  

Me pregunta: “Jose, hijo, ¿por qué no te buscas un trabajo normal y te dejas de andar por ese mundo afuera buscando eso que dices que no entiendo?”. Y yo le respondo: “Porque no puedo, mamá, porque lo que hago no es una elección sino un maravilloso tobogán por el que me estoy cayendo, y no lo puedo evitar. Porque no soy ingeniero de telecomunicaciones por la universidad, mamá, soy filósofo por necesidad”.

Y es curioso porque justo donde yo encuentro el clímax de mi razonamiento, la flecha de mi vida ahora, mi identidad dialéctica, encuentra ella el tártago de su dolor, la aflicción por no entender, la tribulación de quien ve que se le aleja una tabla en un naufragio, el ahogarse en soledad de un amor de madre.

Pero en este naufragio -que lo es para ella y, vía umbilical, también para mí- me doy cuenta de algo que se puede sentir aunque difícilmente explicar: mi madre no es alguien que ve la tabla que se aleja, ni el agridulce orgullo sazonado de dolor por mi ausencia; no es quien me cuida y quien siempre me piensa; no es la imposible incondicionalidad hecha verdad. Es mucho más que eso. En realidad me doy cuenta de que no hay naufragio en el que ella se pueda ahogar porque mi madre, mi amada madre, es el mar.