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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética, es decir, de lo esencial. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, en India como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer, y actualmente en Malí cooperando con CONEMUND en proyectos de seguridad alimentaria y equidad de género. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.
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sábado, 2 de diciembre de 2017

33 infinitivos, 3 presentes de indicativo


Ir en moto a 300 Km/h, tirarse en paracaídas, hacer parapente, enamorarse hasta el tuétano, arrancarse el desamor a tiras y sin anestesia, mentir para hacer feliz a alguien, saltar desde un puente a un río de fondo desconocido, pensar en saltar desde un puente sin río, no replicar un áspero insulto directo y público, aprender lenguas nuevas, resolver ecuaciones diferenciales, entender que i es un número complejo inexistente que simplifica el entendimiento de lo que existe, perderse en la infinitud del Universo y en el átomo infinitesimal, ser admirado y odiado, y perdonado, renegar de Dios y resucitarlo por la necesidad de tener algo de lo que renegar, destrozar un cristal con el puño, acariciar el hocico de un perro recién nacido con la misma mano, lamer el plato, resbalar en el barro, boxear y quitarse las legañas con los guantes puestos, contundir y curar a la vez, entregarse regaladamente y robar descaradamente, romperse un hueso como se troncha un palo, gritar con la vena del cuello, meditar, amar con sexo y con sexo decir que no se ama, preguntar el nombre al final, leer el Quijote diez veces, no poder evitar tener un pasado, mofarse del tiempo...

Confieso que he vivido. 
Afirmo que a veces me ha aburrido. 
Preveo una apasionante ausencia de futuro por delante. 

15 de junio de 2014.

sábado, 8 de abril de 2017

Abuelo cuántico


Si el abuelo átomo pudiera hablar diría cosas tan increíbles que nos quedaríamos sentados con la boca abierta escuchándole durante tanto tiempo que el tiempo dejaría de existir. Nos contaría que en su mundo, el de la física cuántica, es posible estar en varios sitios a la vez, y ser y no ser a la vez. Nos diría que aquello de “ser o no ser” no es la cuestión, sino que ni siquiera es una cuestión. 

De hecho, en ese mundo, el cuántico, no hay cuestiones porque las preguntas que se hacen tienen como respuesta sí y no y todo lo contrario. 

En el planeta cuántico no se va de un sitio a otro, sino que se está en un sito y en otro al mismo tiempo. En ese planeta las carreteras son ya el lugar al que se quiere ir, y los lugares son carreteras que llevan a todas parte y a ninguna.

Si el abuelo átomo pudiera hablar nos diría cosas que no entenderíamos, y al lamentarnos por no entenderlas nos alegraríamos de no haberlas entendido, aunque sólo fuéramos capaces de alegrarnos con lo que entendemos.

El abuelo átomo nos diría que sólo nos contaría historias de su mundo si le escuchamos, y cuando le escucháramos para que nos las contara nos diría en silencio que el cuento consiste en que lo que nos tiene que contar no podemos escucharlo.  

Si el abuelo cuántico pudiera hablar nos diría que no existimos aquí ni allá, ni antes ni ahora, sino en todas partes, en todo momento, nunca y en ningún sitio. 

Podemos no hacer caso del abuelo átomo, que seguramente tiene Alzheimer cuántico, pero lo cierto es que su historia merece la pena ser escuchada para no ser entendida.  

La física cuántica es una reyerta amistosa en la que la propia física, las matemáticas, la química y la filosofía se insultan con un abrazo

- Escrito el 29 de marzo de 2014 - 

martes, 3 de marzo de 2015

La orgía de la materia


A pocos se les escapa que la materia está formada por átomos y que los átomos constan de un núcleo central con electrones girando en torno a él. No es que esto sea exactamente de esta manera, tal y como lo sugieren las palabras; sólo significa que un modelo así descrito y avalado por las matemáticas nos sirve para entender cómo se comporta la materia en determinadas situaciones. La esencial realidad, lo que de verdad es la cosa es en sí -el noúmeno- nos es indigerible; diría que no podemos ni siquiera hincarle el diente. 

Algo perfectamente definido tampoco es lo que la definición dice de ello. Una definición sólo nos señala hacia dónde hay que mirar para ver algo, pero no es lo que vemos cuando miramos hacia donde nos indica. Parece una esquizofrenia conceptual, pero en el fondo es fácil de entender: una definición no es lo que describe; es sólo una descripción de lo que define. Yo creo que está bien claro, ¿no?

Hecha esta salvedad sobre hasta dónde podemos llegar –lo cual vendría a presuponer que el partido del saber está perdido antes de empezar- resulta sin embargo entretenido jugar a comprobar cómo incluso en las afueras del entendimiento, en las favelas del conocer, en la chabola de nuestra menguada capacidad, se apunta una dirección hacia la que mirar para disfrutar de una apasionante fiesta de ideas en torno al alma de la verdad primera de todo lo pensable, y en concreto de la materia.

El cuento de la materia, por supuesto, no termina con el núcleo y los electrones –más bien es ahí donde empieza- porque el núcleo consta de protones y neutrones, y éstos están formados a su vez por otras partículas llamadas quarks. También están apuntados a este festín los los leptones, gluones, fermiones, bossones, hadrones, mesones, bariones, y hasta los antiquarks. Se distinguen unos de otros por su vestimenta, tamaño, capacidad de relacionarse con los demás, por cómo bailan y cantan, qué beben, y hasta por sus ganas de hacer o deshacer cosas, o sea, por su energía y de qué manera la utilizan, con quién la comparten y en qué la transforman. El bacanal cuántico -pues ese apellido toma la fiesta cuando se trata de lo más íntimo del mundo físico- es una epilepsia constante que se mofa de nuestra concepción habitual de las cosas. Izquierda y derecha, arriba y abajo, y hasta estar y no estar son deícticos que quedan desintegrados, de manera que las cosas no están o dejan de estar, sino que pueden estar y no estar al mismo tiempo, y hasta estar en varios lugares a la vez, así que lo más atinado que podemos llegar a saber sobre qué está pasando en la materia es una función de probabilidad, nunca de certeza.

De hecho, si preguntamos al señor electrón qué tal lo está pasando en la fiesta, sabremos que nos escucha pero no nos responderá; y si le preguntamos dónde está, nos desvelará el lugar pero cuando lleguemos él se habrá ido ya. El sardónico electrón se comunica con nosotros a través del principio de incertidumbre, como queriendo bromear con nuestra colapsada inteligencia, tomándonos el pelo, vacilándonos como lo haría un listo faltón con un tontito curioso.

A la vista de estas imposibilidades cognitivas, la reflexión filosóficamente más provechosa radica no en que no haya orden ni concierto o en que la fiesta sea puro disturbio, sino en que la concertación que la rige es un dictado que no está al alcance de nuestras entendederas porque es el mismísimo demiurgo quien habla. Él organiza la orgía, paga las copas, pone la casa y trae a las putas. La fiesta empezó antes de que existiera el tiempo y se celebra justo en la curva de la línea de la vida de la mano de Dios, ese que no juega a los dados... ¿o sí juega?

En los tuétanos de la materia pasa algo ininteligible que controla y explica todo lo que existe. Las cosas son como son, o como nos gusta que sean -entendibles- sólo vistas desde fuera, es decir, desde la miseria de nuestra barraca de periferia, en nuestro mundo de burda lógica de lo visible donde izquierda es eso que hay al otro lado de la mano con la que nos santiguamos y donde arriba es el lugar hacia el que podemos saltar, pero hay en la realidad que nos compone y rodea -señor macroscópico sabelanada- una boda gitana cuántica microscópica de infinitas dimensiones a la que sólo se puede acceder degollando neuronas y con carné de magnicida de prejuicios. Si eres capaz de entrar empezarás a conocer la verdad desconociéndola y pagarás con una resaca sempiterna que dejará tu lógica babeando en un sofá haciéndoselo todo encima. ¿Osas?

miércoles, 25 de febrero de 2015

Madurez deíctica


Cuando decimos este o esta, aquí o allí, arriba o abajo, yo o tú, cerca o lejos, antes, ahora o después estamos utilizando referentes deícticos, es decir, elementos lingüísticos relativos a la deixis. Son palabras puntero, como dedos que apuntan, que nos permiten dibujar a nuestro alrededor un decorado espacio-temporal en el que poder situar lo que queremos decir.

Al analizar el uso de este recurso en los niños pequeños se comprueba que lo utilizan de una manera únicamente egocéntrica, es decir, que el concepto de cerca, por ejemplo, sería algo asociado a lo que está cerca de mí, el de arriba a lo que está encima de mí, y el de después a lo que me pasará dentro de un rato. El propio yo está, pues, como centro de donde parten o a donde convergen todas las cosas que son, pasan, serán, puedan pasar o hayan pasado. El niño se siente protón de un átomo alrededor del cual giran los electrones de todo lo que hay en el mundo. Los críos son unos tiranos lingüísticos a los que les cuesta casi una década poder expresarse con un sistema de referencia que no sea centrípeto. Son egoísmo con patas, trocitos de humanidad encerrados en una cuna llamada "yo, mi, me y conmigo".

A medida que maduramos vamos adquiriendo la capacidad de señalar y entender conceptos más complejos como que algo lejano para nosotros puede ser cercano para otra persona, que lo que para uno es arriba puede ser abajo para otro que esté al revés, o que nuestro hoy no es más que el ayer de los que vengan mañana. Y de esta manera los deícticos- esos dedos apuntadores- adquieren alas y se multiplican, convirtiéndose en un enjambre de dedos que se señalan entre sí y que pueden incluso señalarnos a nosotros mismos desde fuera. Quizás la abeja reina de ese enjambre de dedos siga siendo el propio yo, pero la multiplicidad de puntos de vista y de referencias enriquece la visión de nuestra existencia. 

Llegados a este punto, me imagino que un filósofo podría ser un hombre capaz de señalarse a sí mismo por la espalda, un físico alguien que juega a pensar en un mundo inundado de relatividad donde nada sea señalable, un guerrero alguien que señala con el puño, y un hombre, sin más, un ser que con las únicas letras que conoce, la “y” y la “o”, trata de escribir “nosotros”.

Al igual que con los niños, por la cantidad de deícticos no egocéntricos que la humanidad sea capaz de utilizar podemos determinar su estado de madurez. Las ideas tan comúnmente mantenidas como que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que nos creamos tocados por la eternidad (que es como atribuirse el deíctico temporal pretencioso por excelencia), que el hombre sea la medida de todas las cosas, y la no totalmente superada consideración de que nuestro planeta es el centro del cosmos demuestran claramente que como humanidad somos un bebé que llora deícticos egoístas y que piensa que todo está creado para darle gusto o disgusto. O lo que es lo mismo, no somos capaces de concebir un sistema de referencia que no esté centrado en nuestro ombligo.

Si los grandes pensadores de la física lo hubieran sido de la naturaleza humana habrían determinado que lo más relativo y prescindible de todo lo que existe es el propio género humano, pero claro, para entender y aceptar eso hay que tener una madurez que aún nos queda deícticamente muy lejos. 

Son recios los barrotes del ego, para el yo y para el nosotros. 

miércoles, 1 de enero de 2014

Desde, hasta...


Desde que viajo en alfombra mágica no tengo edad ni siento fronteras. 
Desde que sé que la luz blanca es de colores veo a todos los hombres en cada hombre. 
Desde que sé sumar he aprendido que todo más yo siempre da uno
Desde que creo en mí cuido de Dios como si fuera un bebé. 
Desde que río por dentro no tengo humor para enfadarme.
Desde que no tengo miedo me veo en las flores y en las abejas, y en el polen, y en el majestuoso vuelo del feo marabú.

Hasta que ya no haya alfombra, ni luz, ni suma, ni yo, ni risa, ni miedo, ni tiempo; hasta que me convierta en átomo eterno... seré momento en el Universo.