Tengo un amigo al que
le han robado la voz y ahora habla con ecos.
Es capaz de contarte
el Quijote con una mueca,
de ahogarte en una
lágrima,
de beberse dos mares
con una sonrisa,
y de provocar
tsunamis con sus párpados.
Mi amigo se ha ido de
viaje en un asteroide silencioso
en el que se dedica a
aplastar volcanes sólo con el pensamiento.
Me cuenta que desde
donde él está
el planeta Tierra se
ve como un lugar en el que
las respuestas
terminan con un signo de interrogación,
y en el que la línea
del tiempo se cierra sobre sí misma
de manera que el antes
y el después se mezclan
para formar un ahora
que parece un siempre.
En sus ratos libres
sueña que de mayor se convierte en
el cráter del
Ngorongoro, las cataratas Victoria,
viento que despeina o
nube en el desierto,
aunque dice que
tampoco le importaría ser nieve para canear montañas,
o gaviota, o calamar
gigante,
o incluso fotón para
crear un color nuevo.
Mi amigo ha hecho un
viaje tan largo que sin darse cuenta se ha tragado el horizonte,
ha dado la vuelta al
Universo
y se nos ha aparecido
a todos por detrás
para explicarnos con
un susurro que no hay cerca ni lejos,
ni sí ni no, ni bien ni mal,
sino una cosa
compleja que se llama Amor
que sirve para volar
en un cielo sin suelo
en el que aterrizar
es lo mismo que despegar
Mi amigo es el gran
Manolo.
Manolo García Aznar.
-Desde Anantapur (Andra Pradesh), India, mando un cariñoso y
cercano abrazo para él y su familia, y en particular para su hermana Rocío, con
quien comparto alma-.
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