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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética, es decir, de lo esencial. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, en India como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer, y actualmente en Malí cooperando con CONEMUND en proyectos de seguridad alimentaria y equidad de género. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.
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lunes, 12 de enero de 2015

Amigo viajero


Tengo un amigo al que le han robado la voz y ahora habla con ecos.
Es capaz de contarte el Quijote con una mueca,
de ahogarte en una lágrima,
de beberse dos mares con una sonrisa,
y de provocar tsunamis con sus párpados.

Mi amigo se ha ido de viaje en un asteroide silencioso
en el que se dedica a aplastar volcanes sólo con el pensamiento.
Me cuenta que desde donde él está
el planeta Tierra se ve como un lugar en el que
las respuestas terminan con un signo de interrogación,
y en el que la línea del tiempo se cierra sobre sí misma
de manera que el antes y el después se mezclan
para formar un ahora que parece un siempre.

En sus ratos libres sueña que de mayor se convierte en
el cráter del Ngorongoro, las cataratas Victoria,
viento que despeina o nube en el desierto,
aunque dice que tampoco le importaría ser nieve para canear montañas,
o gaviota, o calamar gigante,
o incluso fotón para crear un color nuevo.

Mi amigo ha hecho un viaje tan largo que sin darse cuenta se ha tragado el horizonte,
ha dado la vuelta al Universo
y se nos ha aparecido a todos por detrás
para explicarnos con un susurro que no hay cerca ni lejos,
ni sí ni no, ni bien ni mal,
sino una cosa compleja que se llama Amor
que sirve para volar en un cielo sin suelo
en el que aterrizar es lo mismo que despegar

Mi amigo es el gran Manolo.
Manolo García Aznar.


-Desde Anantapur (Andra Pradesh), India, mando un cariñoso y cercano abrazo para él y su familia, y en particular para su hermana Rocío, con quien comparto alma-.

sábado, 1 de febrero de 2014

Olor a moral


¿Qué idea de bien o mal puede tener una piedra, o una nube, o una atmósfera? ¿Qué idea de bien o mal puede aplicarse a una galaxia, o a un agujero negro, o a una supernova? ¿Es bueno el número tres? Y el noventa y siete, ¿es bueno o es malo? Y qué decir sobre ese electrón que cambió de orbital, ¿quizás habría hecho mejor convirtiéndose en fotón? A mí me parece que el bien y el mal no existen; son sólo una herramienta de nuestro limitado entendimiento para diseccionar burdamente lo que hay ahí fuera con el fin de clasificarlo.

La realidad es infinita e inabarcable, y nuestro cerebro intenta muestrearla, cuantificarla y codificarla, pero sólo puede hacerlo parcial y subjetivamente. Esto que hacemos para intentar entender no está verdaderamente en la realidad a la que se aplica; es sólo un marco, un lienzo, una fotografía, una pista... Y decir que las cosas son buenas o malas es como decir que el tocino que se aplica a la rueda del carruaje es la velocidad misma con la que ese carruaje se mueve. La realidad no entiende de bondad y la velocidad no tiene por qué conocer al tocino. 

El agua no es el frescor que siente el que la bebe ni la agonía del que se ahoga en ella. El sol no es la vida en nuestro planeta ni una quemadura en la piel. Una mano no es una caricia ni un estrangulamiento. Frescor, agonía, vida, quemadura, caricia y estrangulamiento son efectos de la realidad, pero no la realidad en sí. Todo es bueno y malo a la vez, o ninguna de las dos cosas. 

Bien y mal son conceptos humanos “para andar por casa”, y además se convierten en un lastre cuando se pretende buscar la esencia de las cosas.

Lo que sentimos tiene forma de retícula, la realidad es viento. Lo que pensamos es una hoja de cálculo, la realidad es un efluvio de odorífero ámbar. Nuestro entendimiento y nuestras emociones son una digitalización de la realidad. Pensar y sentir consisten, pues, en clasificar algo, y hacer esto pasa por establecer valores opuestos para codificarlo: bien y mal. Pero el universo funcionaría igual de bien, o de mal, si nos diéramos la vuelta como un calcetín y pasáramos a considerar que todo lo bueno es malo y que todo lo malo es bueno, de la misma manera que el tiempo -si es que eso existe- pasaría igual de rápida o lentamente independientemente de si lo medimos de manera correcta o no. 

Pero nosotros necesitamos inventar el armazón de la moral para sostener nuestra existencia. Si hubiese un detector de humanidad en el cosmos nos localizaría por nuestro intensísimo olor a moral; nada más de lo que existe huele a eso. ¿Oleremos bien?