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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética, es decir, de lo esencial. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, en India como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer, y actualmente en Malí cooperando con CONEMUND en proyectos de seguridad alimentaria y equidad de género. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.
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jueves, 4 de julio de 2019

Lección primera y última


Sin que yo mismo lo supiera o lo previera, aunque quizás sí deseándolo inconscientemente, me he visto siempre atraído por la docencia. Puede que más por el uso de la palabra que por la docencia en sí, aunque pocas posibilidades hay de no ejercer como docente cuando uno hace uso de aquella: para bien, por elocuencia; para mal, por falta de ella; o para aburrir, por abuso locuaz o torpe de la misma. 

En cualquier caso, la palabra ha sido un vehículo que desde que conozco he pilotado con más o menos pericia pero sobre todo con mucho apego. Y de ahí a la docencia, como digo, no hay mucho. Diría que sólo un cambio de marcha, aquel que permite sistematizar lo que uno dice para formar un discurso que huela a lección de algo.

Tengo un cofre dorado en mi mente en el que guardo el recuerdo de algunos profesores del colegio, el instituto y la universidad por los que siento una admiración que para algunos de ellos es ya póstuma. Dentro de ese cofre hay frases y conceptos que me enseñaron de una manera que hoy siento tan evocadora que parecen un olor, y tengo también en la memoria ideas que me regalaron que aún hoy en día utilizo y parafraseo incluso en conversaciones coloquiales habituales. 

Creo que el docente es un artista, un funambulista que se pasea por la más noble rama intelectual del verbo compartir: la compartición del conocimiento. Además, no sólo para transmitirlo sino también y sobre todo para inocular el veneno de la duda, el más poderoso machete para desbrozar de prejuicios y medias verdades el cerebro de los estudiantes, estudien lo que estudiaren y tengan la edad que tuvieren.

Aparte de esta entretenidísima actividad, que ya por ser así considerada a mí me es enormemente grata, hay otras variables también muy interesantes que antes de ejercer esta improvisada profesión desconocía. Entre ellas y sobre casi todas ellas está el bagaje que uno se lleva de sus alumnos. Los críos de África convirtieron mi mente en una fiesta de pompas de jabón exigiéndome lo máximo para enseñar lo mínimo: a leer, escribir, sumar y restar; y los chavales indios a los que ahora tengo el privilegio de enseñar francés me están haciendo sentir la parte adulta más emotiva del maravilloso ejercicio de la enseñanza. Son jóvenes pobres de las castas más bajas que de otra manera no tendrían la oportunidad de estudiar y que aprenden un idioma extranjero con la esperanza de ser contratados por alguna multinacional que les pague un sueldo digno con el que poder mantener a sus familias, normalmente numerosas. 

La atención que me prestan, su actitud, y la viveza de sus preguntas y miradas me hacen sentir a veces que estuviera dando clase a un grupo de ardillas. 

Calculo que la densidad emotiva de este proyecto es tan grande como la de la materia de un agujero negro, y la deferencia, agradecimiento y respeto que ellos me muestran -aun siendo enormes- son en realidad minúsculos comparados con la explosión de orgullo no presuntuoso que yo siento al formar parte de algo tan sano y puro como enseñar para formar y sostener.

La docencia es noble, su nobleza es docta, y enseñando es como más se aprende; lección primera y última. Afirmo y confirmo. 

- 5 de febrero de 2015-

miércoles, 18 de febrero de 2015

Verbalizable o no verbalizable


Verbalizable o no verbalizable, esa es la cualidad. Está claro que hay cosas que no se pueden hacer verbo, ¿o no lo está tanto?, ¿hay algo que no se pueda hacer palabra? Parece que se puede hablar de todo, que de cualquier cosa se puede decir algo, que todo es susceptible de ser conjurado por la delicada brujería de las letras, pero creo que la palabra, aun siendo un instrumento mágico, representa en realidad una carencia más que una potencia, y me explico a continuación con palabras:

Se pueden escribir cosas maravillosas sobre el amor, pero no hay palabra que describa lo que es sentirlo, y menos dejar de sentirlo. Se puede escribir la locución verbal “echar de menos”, pero ¿qué tienen que ver esos términos –que son palabras y nada más que eso- con las sensaciones de quien, por ejemplo, ha perdido un ser querido? ¿Caben de verdad todas las emociones, recuerdos, miedos y cuitas que se sienten en esas circunstancias en sólo tres palabras, echar, de y menos?

Las palabras interpretadas -bien o mal, eso da igual- se convierten en un brebaje de ideas, en un bálsamo de encantamientos. Nos pueden hacer viajar, nos pueden consolar, entusiasmar y hasta excitar; no hay emoción que ellas mismas puedan nominar que no puedan también, debidamente ordenadas y contextualizadas, evocar, pero al otro lado de la cordillera de abecedarios hay un valle ignoto para las letras sobre el que sólo las experiencias pueden hablar. La literatura crea realidades nuevas, pero hay una realidad ultraliteraria que no puede sentarse en ningún trono de letras, por muy bien escrito y terminado que éste esté.

Además, las letras en su estado prístino rezuman sentido común, sirven para ordenar, no nacen con el anillo de la locura. Sin embargo hay realidades que no tienen ningún sentido y que perderían su maravilloso y esencial sinsentido si las racionalizáramos y vulgarizáramos, ya que el así llamado sentido común no es más que un universo hecho a medida y por encargo de nuestra urgente necesidad de sobrevivir, para lo cual creamos un orden en el que poder ubicar un avión que vuela sin destino y que no tiene más fin que el de estrellarse, como nuestra propia existencia.

Sólo cuando las letras están borrachas, cuando se poetizan los mensajes, cuando se pierde el sentido, cuando la percepción está drogada y se abren las puertas de lo irracional se encuentra algún mensajero que con alguna letra torcida acompañada de alguna idea malentendida nos puede traer una muestra de ese valle desconocido en el que los grandes mamíferos de la verdad pastan mansamente tréboles de sutil irrealidad. Este mensaje de verdad, aunque parcial, es posible porque la totalidad misma está presente incluso en las piezas rotas. 

Ocurre lo mismo con todas las recreaciones artísticas: la literatura, la pintura, la música y la vida misma, obra de arte por excelencia, para la que seguramente hay un coherente sinsentido que por supuesto no se podrá expresar con palabras. No es que ellas falten, es que hay algunas realidades vampíricas transparentes a las letras que sólo se reflejan en el espejo de lo empírico. Es imposible quitarse las legañas con guantes de boxeo.

Cuenta la leyenda de las leyendas que en el Olimpo de las letras hay un cofre sin llave hecho de lexemas irrebatibles y custodiado por un ejército de mayúsculas en el que se guarda la palabra "inefable". Ningún discurso de los hechos ni por hacer sabe que esa palabra está allí encerrada, pero algunas verdades han denunciado su existencia y se ha extendido entre los fonemas el inquietante rumor de que hay un monstruo en ese cofre al que ninguno de los étimos conocidos puede vencer.