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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética, es decir, de lo esencial. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, en India como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer, y actualmente en Malí cooperando con CONEMUND en proyectos de seguridad alimentaria y equidad de género. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.
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jueves, 23 de marzo de 2017

Respuesta del hombre libre


… entonces el hombre libre, cansado de la incomprensión, temblando de los pies a la cabeza como azogado, con presurosa y turbada lengua, dijo:

“Ser uno mismo consiste más en deslizarse que en construirse, es como construirse dejándose deslizar, y la libertad, es decir, el óptimo deslizamiento por las circunstancias de la propia vida, sólo es posible puliendo la superficie y por supuesto despejándola de obstáculos. He aquí la tarea de la búsqueda de la libertad: la eliminación de los obstáculos que hay en el camino que va desde ti hasta ti mismo. Estos obstáculos son variados, difíciles de identificar y aún más de apartar. Deshacerse de ellos se parece más a una amputación que a una ignoración.  

La educación recibida es el obstáculo número uno porque a largo plazo es un grillete travestido de ayuda; la familia es el obstáculo número dos, porque es amor puro, y por tanto carece de capacidad de sentir y razonar con objetividad; el miedo es el número tres, y el cuatro, y el cinco… y así hasta infinito si se quiere, ya que son también infinitos sus disfraces. Normalmente se hace pasar por precaución, un carné falso con el que se inyecta en nuestras venas para envenenar nuestra sangre y, desde ella, nuestro cerebro, nuestras ideas, y consecuentemente nuestra mente. No es lo mismo cerebro que mente, de la misma manera que no es lo mismo la rosa que su olor, pero no hay uno sin la otra, ni aquella sin aquel. El miedo es una savia adulterada capaz de hacer que una flor huela a estiércol.

La religión es otro ladrón que se cuela en casa durante el amanecer de nuestra consciencia y saquea nuestra capacidad de hacernos preguntas sin respuesta. Una ablación para el pensamiento que nos impide disfrutar de los interrogantes de cuadratura circular. Hay preguntas con las que se puede hacer el amor ininterrumpidamente durante toda una vida ya que puede llevar una vida entera responderlas, pero la religión arruina esta mirífica aventura de búsqueda dándonos -con amenazas incluidas- una solución plastificada de palabras burdas para ovinos. ¡Qué hijos de puta! ¡Aguafiestas! ¡Petrificadores de verdades! Os lo advierto, yo soy león, así que no intentéis desdentarme ni os acerquéis a mí con mensajes para ovejas porque os destrozaré de un zarpazo.  

El hombre más poderoso del mundo es el hombre libre, y éste es el hombre sin miedo. Le distinguiréis porque apostata de su educación, no se le desconoce familia, es valiente hasta la temeridad porque vive como si ya estuviera muerto y tiene a Dios como aliado, no como auditor. ¿Habéis conocido alguno? Os estremeceréis cuando así sea. Os despeñaréis por su mirada como quien pisa una trampa y os asombraréis de no llegar nunca al suelo. Es lógico: al otro lado de los ojos de un hombre libre sólo puede haber una caída libre. Olvidaos de agarraderas y disfrutad de la incurable adicción al vuelo."

Escrito el 31 de diciembre de 2014.

sábado, 11 de abril de 2015

¡Hay que!


Se supone que debería haber estado haciéndolo desde los dieciocho años cada vez que me llamaran a ello, pero no lo he hecho nunca. Esto ha propiciado que me haya encontrado durante toda mi vida de adulto envuelto en conversaciones de diversa índole en las que a menudo me he tenido que tragar variadas y curiosas reprimendas, juicios sumarísimos, opiniones-verdad y penitencias dialécticas por el hecho de no hacer algo que hay que hacer. Eso que no he hecho nunca y que hay que hacer es votar.

Cuando me encuentro en algún foro en el que, por ejemplo, se habla de las siguientes elecciones, de algún partido político, de alguna ideología, de lo zoquete que es o de lo preparado que está algún político en concreto… en fin, cuando surgen conversaciones políticas de andar por casa, aparte de dar mi opinión suelo comentar con toda naturalidad –pues no creo que esto merezca ninguna solemnindad- que no he votado nunca. Y es entonces cuando se rasga de arriba abajo el velo del templo, cuando rompen los truenos, cuando comienza el juicio final. De repente, justo cuando digo que no voto, me convierto -como por arte de intolerancia- en un opinador transparente y en una papelera de regañinas paternalistas. Los comentarios que casi siempre escucho son:  
-¡¿Cómo que no votas?! ¡Hay que votar!
-Si no te convence nadie, vota en blanco, ¡pero vota! ¡Hay que votar!
-No votar es una falta de responsabilidad. ¡Hay que votar!
-¿No eres demócrata?, ¿qué propones entonces? ¡Vamos hombre, hay que votar!

Uno que no falla nunca, que sin duda es sustancioso, puesto que por la contundencia con la que se expresa diríase que encierra la quintaesencia del voto, es el siguente: 
-Pues si no votas, entonces no tienes derecho a quejarte.

Que se parece mucho a este otro, también manido y aún más tajante y excluyente:
-Pues si no has querido votar antes, ¿por qué opinas ahora?

Lo interesante de todo esto no es por qué yo no voto -y sé que no resulta interesante porque ninguno de los que me adoctrina con este tipo de comentarios me lo pregunta-. Lo llamativo, al menos desde mi punto de vista, es que cuando uno dice que no vota se convierte de improviso en un paria dentro de la conversación, en un don nadie o don indeseable, en alguien cuyas ideas -por brillantes y elocuentes que fueran (si lo fuesen)- ya no merecen tenerse en cuenta, en un inmaduro social, en una especie de desagradecido con la vida. ¡Y todo por no votar!

¿Qué fibra fundamentalista toca en la mente de la mayoría de la gente esto de que alguien decida no votar? Me pregunto si sería posible cultivar la misma intransigencia para otros asuntos como por ejemplo no leer, no viajar, no ayudar, no escuchar, no tolerar, no comprender… 

Creo que tiene sentido decirle a alguien que es un irresponsable cuando no ayuda, pero no cuando no vota; y pienso que es justo pedir que no se queje al que no aporta nada a la sociedad y sólo parasita por gusto; y hasta negar ciertos derechos al que por pura vagancia no colabora en nada me parece razonable, pero… ¿condenar al que no vota a no poder quejarse? ¡A no poder quejarse! ¡A ver si es que ahora, sólo por no votar, voy a tener que pedir permiso por escrito (¿al gobierno?) para poder llorar las miserias de la política de nuestros días! ¿Por qué ese radical desate de la censura y el ninguneo? ¿No es acaso lo importante mostrar una actitud individual continua que fomente una verdadera aptitud comunitaria? ¿No es más provechoso regar diaria y discretamente una planta antes que echarle sólo un ostentoso y sonoro chorrete disuelto en engañifa cada cuatro años? ¿Por qué nos creemos con tanta facilidad la impostura de estas olimpiadas de la mentira y defenestramos al que, quizás sencillamente por higiene, prefiere no jugar? ¿Es que resulta éticamente inadmisible descojonarse por dentro cuando se escucha eso de "la fiesta de la democracia"?

Por cierto, explicaré por qué no voto, aunque a nadie de los que me desautoriza parece interesarle, puesto que, como he dicho, censuran pero no preguntan. Es muy sencillo: no voto porque no me da la gana. Y hay muchas cosas que me quitan las ganas, pero eso es ya otra historia, tan personal como el voto mismo. 

viernes, 21 de noviembre de 2014

Trinos del pájaro transparente de vuelo irregular

¡Cuánta flaqueza por amor, y con qué firmeza odiamos!

Un libro para pensar y algo que respire para amar. Lo demás, postre.

¿Te herí? No fui yo, fue mi pronombre impropio.

¡Ojo con el sufijo “-ista”, que pudre palabras! Pruébalo con paternal, oportuno y capital.
-José Luis Sampedro-

“En mi hambre mando yo”.
-Salvador de Madariaga-

“Debajo de mi manto, al rey mato”.
-Cervantes-

Me vendo por dinero, sí, pero por todo, para que sólo me compres una vez.

¿Una lata en el camino? ¿Una esfera sobre otra? ¿Un honesto en el poder?

Cometa sin cuerda no vuela. Libertad sin pico no medra.

Libertar rima más con cavar que con volar. 

¡No nos engañemos más. Admitamos que todo es un engaño!

Cuando no hay entendimiento, la libertad de expresión es libertad de flatulencia. 

¿Quieres escribir algo grande? Ama y sufre intensamente con un lápiz en la mano.

Saber más no te hace superior, te hace deudor. Debes transmitirlo.

martes, 18 de noviembre de 2014

Anatema cualitativo contra la cantidad


¿Crees que tú, ridículo azucarillo, vas a cambiar la salinidad del mar? ¡Desengáñate!, la calidad ha sido apuñalada y muere desangrada bajo las botas sucias de una asesina con millones de cabezas que sin embargo no tiene ni un solo cerebro: la cantidad.

Disfrazada de apacible consenso se ha acostumbrado a pasear entre nosotros, a besarnos con su fétido aliento y a pisar el cuello de todo lo que no venga de la mano de muchas manos. Ha desdefinido el concepto de brillantez encarcelándolo en una repugnante celda de falsas luces en la que el brillo se pudre por falta de oscuridad, la oscuridad del pensamiento libre, ese al que sólo se llega solo.

¡Y desengáñate otra vez, azucarillo inútil! Corren eternos malos tiempos para el pensamiento libre; no se acomoda en un trono sino que yace tirado en una humillante letrina a la que van a parar todos los excrementos de los que sienten en común, de los que consienten, del asesino a sueldo de voluntades que es el trajeado consenso. La libertad sigue coloreando banderas pero es temida, condenada, y escupida.

¿Quieres escuchar lo que todos creen? ¡Vete de aquí, me hastías, no hablo para ti!

¿O quizás buscas un mensaje nuevo y te atreves a libreser? ¡Vete de aquí también, deshazte de tu cobardía y estrangula a tu soledad! Cuando se esté muriendo mírala a la cara, y cuando sientas que te suplica, aprieta un poco más. Eso que experimentarás asesinándote es lo que buscas, es un destello de tu pura verdad. ¡Bienvenido a ti!

La cantidad como argumento de verdad y calidad es nefanda y emética. No contéis conmigo como víctima ni verdugo en vuestra matanza genocida de individualidades alicortas.