Mi foto
No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética, es decir, de lo esencial. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, en India como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer, y actualmente en Malí cooperando con CONEMUND en proyectos de seguridad alimentaria y equidad de género. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.
Mostrando entradas con la etiqueta Ego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ego. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de febrero de 2015

Madurez deíctica


Cuando decimos este o esta, aquí o allí, arriba o abajo, yo o tú, cerca o lejos, antes, ahora o después estamos utilizando referentes deícticos, es decir, elementos lingüísticos relativos a la deixis. Son palabras puntero, como dedos que apuntan, que nos permiten dibujar a nuestro alrededor un decorado espacio-temporal en el que poder situar lo que queremos decir.

Al analizar el uso de este recurso en los niños pequeños se comprueba que lo utilizan de una manera únicamente egocéntrica, es decir, que el concepto de cerca, por ejemplo, sería algo asociado a lo que está cerca de mí, el de arriba a lo que está encima de mí, y el de después a lo que me pasará dentro de un rato. El propio yo está, pues, como centro de donde parten o a donde convergen todas las cosas que son, pasan, serán, puedan pasar o hayan pasado. El niño se siente protón de un átomo alrededor del cual giran los electrones de todo lo que hay en el mundo. Los críos son unos tiranos lingüísticos a los que les cuesta casi una década poder expresarse con un sistema de referencia que no sea centrípeto. Son egoísmo con patas, trocitos de humanidad encerrados en una cuna llamada "yo, mi, me y conmigo".

A medida que maduramos vamos adquiriendo la capacidad de señalar y entender conceptos más complejos como que algo lejano para nosotros puede ser cercano para otra persona, que lo que para uno es arriba puede ser abajo para otro que esté al revés, o que nuestro hoy no es más que el ayer de los que vengan mañana. Y de esta manera los deícticos- esos dedos apuntadores- adquieren alas y se multiplican, convirtiéndose en un enjambre de dedos que se señalan entre sí y que pueden incluso señalarnos a nosotros mismos desde fuera. Quizás la abeja reina de ese enjambre de dedos siga siendo el propio yo, pero la multiplicidad de puntos de vista y de referencias enriquece la visión de nuestra existencia. 

Llegados a este punto, me imagino que un filósofo podría ser un hombre capaz de señalarse a sí mismo por la espalda, un físico alguien que juega a pensar en un mundo inundado de relatividad donde nada sea señalable, un guerrero alguien que señala con el puño, y un hombre, sin más, un ser que con las únicas letras que conoce, la “y” y la “o”, trata de escribir “nosotros”.

Al igual que con los niños, por la cantidad de deícticos no egocéntricos que la humanidad sea capaz de utilizar podemos determinar su estado de madurez. Las ideas tan comúnmente mantenidas como que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que nos creamos tocados por la eternidad (que es como atribuirse el deíctico temporal pretencioso por excelencia), que el hombre sea la medida de todas las cosas, y la no totalmente superada consideración de que nuestro planeta es el centro del cosmos demuestran claramente que como humanidad somos un bebé que llora deícticos egoístas y que piensa que todo está creado para darle gusto o disgusto. O lo que es lo mismo, no somos capaces de concebir un sistema de referencia que no esté centrado en nuestro ombligo.

Si los grandes pensadores de la física lo hubieran sido de la naturaleza humana habrían determinado que lo más relativo y prescindible de todo lo que existe es el propio género humano, pero claro, para entender y aceptar eso hay que tener una madurez que aún nos queda deícticamente muy lejos. 

Son recios los barrotes del ego, para el yo y para el nosotros. 

jueves, 15 de enero de 2015

Oriente pregunta a Occidente


¿Qué es más dignificante, la búsqueda de la igualdad o la asunción de la desigualdad? Si no hay dos cosas iguales, dos momentos iguales, dos emociones iguales, dos huevos iguales, dos galaxias, dos células ni dos gotas de lo que sea iguales, ¿por qué ese empeño en igualarlo todo?

¿Qué es más importante, el individuo o la comunidad? ¿Acaso tiene sentido un individuo sin pertenecer a alguna comunidad, ya sea terrenal o espiritual? ¿Por qué entonces esa búsqueda obsesiva y acomplejada de potenciación del yo? ¿No tendría más sentido su disolución? ¿No convendría ver el yo más como un problema que como un objeto de adoración? ¿Te imaginas la paz de no tener yo? ¿Te imaginas la plenitud de ser Todo?

¿Verdad? ¿Qué no es eso? ¿Dónde no está? ¿Hay algo que no tenga algo de verdad? ¿Alguna verdad es capaz de estarse quieta? ¿Acaso lo falso no es verdaderamente falso? ¿Por qué afrontar la búsqueda de la verdad con un maniqueísmo de blanco y negro si se trata de colorear el arco iris?

"No hay más que un solo Dios y no tendrás a otros dioses junto a mí". ¿No es la frase más atea posible? ¿Desde cuándo Dios es huraño y celoso? ¿No es precisamente la pluralidad la esencia del Todo?

¿Derechos? ¿No son flores de una planta que se riega con deberes? 

viernes, 7 de noviembre de 2014

La sombra


Bajo el arquetipo de la sombra, Carl. G. Jung ubicaba aquella parte de la personalidad que rechaza incluirse en cualquiera de los moldes que le propone la conciencia e incorporarse productiva y felizmente a los formatos con los que se presenta el mundo exterior, la realidad de ahí fuera, lo que la vida nos ofrece. 

Esa sombra crece cuando no encontramos para nuestra intimidad la adecuada vía de acceso a ese mundo exterior, cegando así el cauce por el que la vida discurre. Y cuando esto ocurre, cuando el hombre no logra trascender de sí mismo a través de una tarea que llevar a cabo en el mundo, esa fuerza íntima que era depositaria de verdad -de nuestra intimísima verdad- se vuelve venenosa; como si fuera agua entre las piedras que, sometida al frío de la parálisis psíquica, se hace hielo y destroza la estructura en la que se encuentra. Sus efectos son devastadores, y lo son en dos direcciones: contra el mundo y contra uno mismo.

Ahora bien, no lejos de donde hay sombra es que hay luz. El mismo Jung decía que “la sombra no sólo consiste en tendencias moralmente desechables, sino que muestra también una serie de cualidades maravillosas, a saber, instintos de empatía, reacciones adecuadas, percepciones atinadísimas y brillantes de la realidad, impulsos creadores, etc.". Es decir, que esa parte sombría de nuestra personalidad que atrapada en lo interior alimenta tanto nuestros comportamientos antisociales como los autoagresivos, si conseguimos encauzarla convenientemente hacia el mundo exterior, puede llevar a galvanizar lo más talentoso y excelso de nosotros mismos.

Hay un efecto muelle en la personalidad cuando uno se encuentra con su sombra y a partir de ella busca la luz que la produce. Llegar a lo más hondo del pozo de uno mismo puede no ser más que el primer paso para construir una lanzadera desde la que dispararse con la fuerza de un meteorito a la conquista de la estratosfera.

Y esto no lo dice Carl Gustav Jung; lo digo yo, y sé de lo que hablo. 

martes, 22 de octubre de 2013

Baricentro, soy


¿Somos lo que hacemos o lo que pensamos? ¿O somos lo que decimos, aunque no lo hayamos pensado? ¿O somos lo que piensen de nosotros, aunque no hayamos dicho nada? ¿Qué somos?

Parece que sólo podemos ser tres cosas: Lo que creemos que somos, lo que queremos ser, y lo que los demás creen que somos. O quizás no somos nada de eso, o todo a la vez. Si hablan bien de mí, me envanezco, porque el halago debilita; si hablan mal, intento que no me afecte, aunque también me intereso, porque no tengo un interruptor para atender sólo cuando se habla bien y no hacer caso alguno cuando se habla mal; y si nadie habla de mí me preocupo, porque mi ego me pregunta por qué no se me tiene en cuenta ahí fuera. 

Y mientras tanto pretendo ser un montón de cosas, y a veces lo consigo, o eso creo, porque una cosa es lo que quiero ser, otra lo que puedo, y otra lo que creo conseguir ser.

Resulta entonces que no soy nada en concreto, sino el baricentro de un triángulo con vértices móviles en torno a los cuales gravitan mis intereses, gustos, complejos y necesidades.

Soy, por tanto, un siendo; así que no digas de mí que sabes quién soy, porque eso es sólo lo que tú crees saber. Yo también soy lo que creo ser, lo que quiero ser y algo que tú nunca sabrás porque no eres yo. Y si hablas de mí y crees acertar quién soy, lo que dices ya no vale, porque ese soy ya es un fui. ¡Resígnate, mi ser es inasible! Ya lo deberías saber.