Uno no dice “estoy latiendo mi corazón”,
en primer lugar porque se tiene claro que el corazón late él
solito y no hace falta que lo lata nadie, y en segundo lugar porque
latir es un verbo intransitivo, así que el corazón late y punto, y de este
fenómeno, que se repite sin cesar –hasta que cese, claro, que cesará- no
tenemos que preocuparnos ni que ocuparnos porque ocurre solo.
A mí personalmente me ha ocurrido ya una
lluvia de veces; pum, pum, pum y pum, y venga y dale hasta mil quinientos
millones, así que tengo un latido para cada español, tanzano, indio y maliense,
y me sobran latidos para compensar todos los descorazonamientos. Así hace las cosas
mi corazón: sin protestar, sin pararse, sin darse importancia y sin que yo
intervenga.
Cosa curiosa es que aunque aceptemos con
naturalidad que los latidos vienen de allá y no son cosa
nuestra, lo de pensar, sin embargo, consideramos sea algo muy nuestro y muy de
acá. “Yo pienso” y “yo pienso esto” no solo se aceptan como algo básico en
cuanto a que es uno mismo el agente sino que se consideran además la
esencia de nuestra identidad. Yo soy quien soy entre otras cosas y
fundamentalmente porque pienso lo que pienso y como lo pienso.
Pero, pensemos un poco: ¿de verdad es uno
mismo el que piensa? No te líes, amigo pensador, pensar no es algo que tú
haces, es algo que ocurre en ti, como el latir. Las ideas, que
son pensamientos licuados, llueven sobre ti como un diluvio mental, y
en esto del llover poco tienes tú que ver, en primer lugar porque no eres tú la
nube y porque llover es un verbo impersonal, como ya has de saber.
Nuestra mente está continuamente en
movimiento, incluso cuando no necesitamos que actúe. Se va al pasado donde ya
nada puede cambiar, se lanza al futuro donde no hay nada que tocar, juega con
la fórmula “si hubiera o hubiese…” fantasea, se ilusiona y crea compulsivamente
un mundo de ectoplasmas que no existen pero que nos afectan como si existieran. Muchas
veces me he preguntado dónde habrá ido a parar la energía que he gastado a lo
largo de mi vida en preocuparme y afligirme por cosas que me han venido a la
cabeza sin yo llamarlas y que luego nunca llegaron a ocurrir. Si me la devolvieran
toda de golpe creo que podría darme un paseo por la vía láctea haciendo
cabriolas de planeta en cometa.
Lo tuyo, amigo pensador, no es latir ni
pensar, lo tuyo es observar tu pendular sístole-diástole existencial y
contemplar cómo, gota a gota y charco a charco, se forma en ti un océano de
ideas en el que, eso sí, puedes nadar y pescar.
Así que de pescar va el asunto, o más bien
de qué hacer con lo que se engancha en la caña. No me imagino un
pescador que lleve a la sartén una bota, un trapo ni una rueda de bicicleta.
Esa pesca es para descartar, esa idea es para tirar. Hay que cuidar la dieta
mental.
Amigo pensador, no pienses que piensas, el
pensar late en ti.