Los conos y los bastones
son unas células que tenemos en la retina que convierten la luz en impulsos
nerviosos que viajan a través del nervio óptico para que el cerebro interprete
las imágenes que vemos. Los conos detectan los detalles y el color, y los
bastones los diferentes tonos de gris.
Cuando vemos que algo
es amarillo, por ejemplo, quiere
decir que ese algo absorbe todas las longitudes de onda menos el amarillo,
que es el que refleja y el que nosotros vemos. Así, por tanto, una patata frita
la vemos amarilla porque absorbe todas las frecuencias menos la del amarillo.
Digamos que la del amarillo no la quiere, la rechaza, la refleja, y al llegar a
nuestra retina los conos y los bastones que mentaba líneas arriba dan fe de
este hecho, se lo comunican al cerebro y nosotros vemos la patata frita amarilla.
Llama la atención que, en términos rigurosos, tal y como acabo de describir, es
precisamente amarilla lo que la patata no es, porque es justo el amarillo
lo que ella no quiere, lo que no absorbe, lo que no se queda, lo que rechaza.
Curiosa mofa la que la realidad percibida desde fuera le hace a la patata
llamándola por lo que ella misma descarta. Es algo así como el que exige que no
se le llame por su mote. Al exigirlo y enfadarse por ello no hace sino bautizarse
y grabarlo en piedra. Así de bromistas somos cromática y socialmente.
En estas pláticas andaba
yo sentado en la mesa en muy buena compañía loando unas exquisitas patatas
fritas, no precisamente de freidora de rancho ni de hamburguesería de esquina a
la salida de un after de barrio con hambre que degusta disgustos con lengua de
trapo. Se trataba de patatas fritas de textura excelsa, salinidad justa, color
margarita y sabor ambrosía que escoltaban un entrecot digno de monarcas. Era
uno de estos raticos en los que uno es feliz porque se ha sentado a comer lo
que le apetece con quien le apetece, que recuerda que la inteligencia es sexy y
que con ánimo de conquistar para poder utilizar la lengua utiliza la lengua
para verbalizar, entretener, enseñar, deleitar y confiar en que sea activa pero
muda un poco más tarde, cuando la plaza con la que parlamenta decida querer
rendirse.
¡Qué buen ejemplo este del
amarillo de las patatas fritas, y qué bien lo he explicado! -pensé yo, mientras
miraba con suficiencia a mi interlocutora por encima de la botella de vino que
compartíamos y a cuyo ritmo de bajada subía la amenidad de nuestra charla y la
profundidad de nuestras miradas. Hasta el riachuelo que discurría unos metros
más allá parecía estar murmurando que nada podría ir mejor.
En esto llegó la hora del
postre y el camarero vino a recoger los platos y tomar nota. Al cerrar la
libreta, de manera evidentemente entrometida aunque con aura educada y claro disgusto dijo: Por cierto, caballero, que le he escuchado decir que aquí
ponemos colorante a las patatas, y eso no es cierto, aquí no ponemos colorante a las patatas.
En un primer momento me
pareció que aquel hombre se equivocaba de mesa o que había tenido una
alucinación acústica, así que de manera impulsiva y sincera le dije que yo no
había dicho nada sobre ningún colorante, que obviamene se estaba
confundiendo. El hombre se fue con mala cara y la mía tomó forma de signo de
interrogación. ¿Cuándo he dicho yo que estas patatas lleven colorante? Y aparte
de la sorpresa estaba el desencanto: en pocos sitios había estado yo tan a
gusto con la comida, el entorno, la compañía, el servicio y las patatas, ¡precisamente
las patatas!, a las que mi paladar había hecho no hacía ni cinco minutos un
altar.
Hasta que tirando del hilo,
que no era muy largo ni estaba muy enredado, dedujimos que aquel hombre, de
pasada, entrecortadamente, como quien escucha detrás del visillo, con
entendederas de atalaya subterránea pero con la susceptibilidad de tela de
araña de sótano oyó aquello de “es precisamente amarilla lo que la patata no es”
y se pensó que yo estaba denunciando que aquellas patatas llevaban colorante. ¡No
me jodas!
Al traernos los postres
llegó lo peor, porque el mismo impulso que me llevó a negar mi crítica a las patatas
me pidió darle una explicación a aquel buen hombre, que aparte de prisa e indignación
no tenía ganas, tiempo ni entendederas para asimilar una explicación como la
que este mismo texto contiene en sus dos primeros párrafos. Aún así, como el
impulso era tal, lo intenté, pero solo conseguí ahondar su indignación y
confirmar su sospecha de que yo, aparte de difamador de patatas, resulté ser un pedante
que hablaba de cosas que no entendía ni yo y que afirmaba que el color de las
cosas no es el color de las cosas. En fin, que su respuesta a mi explicación
fue: Mire usted, aquí lo primero que hacemos es cortar la leña para cocinar, y
de colores o colorantes no sabemos más que el que traen los productos naturales.
Si a alguien hay que reclamar, es a la tierra. Lo cual me confirmó, que otra
cosa que no fuera pensar en cómo tragarme aquel imborrable maletendido sería
perder el tiempo.
Mi lengua perdió su
erección, que pasó a mi sorpresa, y mi verdad, que era tan verdad como la suya,
se rindió a la confusión y a la imposibilidad del desmentido. Incluso el refrán
metastatizó y paso de ser que todo depende del color del cristal con el que se mira a ser
que el color del cristal con el que las cosas se miran depende a su vez de lo
que el cristal absorba, oiga, entienda, interprete y sea capaz de entender. Para
gustos los colores. ¡Qué frase tan compleja! -pensé, cuando lo que es es precisamente
lo que no es lo que es.
Y dándole a todo una última vuelta: ¿es que alguien le ha puesto alguna vez colorante a las patatas fritas? ¡No me jodas otra vez!
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