Lo más fuerte que he llegado a meterme en términos
matemáticos han sido pastillazos de integración compleja, rayas de ecuaciones
diferenciales, muchos conglomerados de hojas secas liadas de transformadas de
Laplace y por supuesto la exquisita transformada de Fourier, a través de la
cual he podido ver cómo por arte de magia –magia matemática- el tiempo se
convertía en frecuencia y el mundo que hay a mi alrededor se hacía más
entendible, aun a través de un túnel matemático difícil de atravesar por el
propio entendimiento.
Pero hace ya tiempo que me quité. Esta adicción
forzada me duró unos años, los de la universidad, y aunque fueron muy intensos
luego lo dejé y no me he vuelto a enganchar. Supongo que he quedado tocado y
algún efecto secundario todavía arrastro, entre otros el de escribir así. Pero
cuando estuve allí, peleándome con estas entelequias tan elevadas, no sentí el
vértigo que he sentido estos días cuando me he tenido que enfrentar a
explicarle a los niños tanzanos a sumar. He sentido vértigo mirando hacia
arriba, no hacia abajo. Resulta que sumar no es fácil, y enseñarlo menos. Lo único que viene de serie es mirarnos las manos
para contar y ponerle un referente tangible a las cifras.
Me flaquea todo lo que sé al tener que enseñar algo para mí tan asumido. Hay que utilizar la didáctica más elemental, y como además no hablo su idioma ni ellos el mío, la empresa adquiere tintes surrealistas. “Uno más uno igual a dos” en
Swahili se dice “moja jumlisha moja sawa sawa mbili”, lo cual no deja de tener
gracia a la hora de escribirse, y más a la de decirse.
Estos críos viven en una aldea llamada Newland a unos 15 Km de la ciudad de Moshi.
Voy hasta allí la mayor parte de las veces en la parte trasera de algún camión de
obras que se dirija a la zona y que aquí se utilizan a modo de autobuses improvisados, -o
más bien aprovechados-. Los que así nos desplazamos vamos botando como
palomitas en el microondas a lo largo de un camino que por una parte tiene baches que a veces
parecen cenotes, y por otra está
medianamente bien asfaltado y jalonado de acacias que abrazan naturalmente el
camión al pasar.
Cuando llegamos a la escuela, después de atravesar los campos de maíz, que se extienden hasta donde se pierde la vista, nos espera
una audiencia de sesenta niños, uno de cuyos representantes es Hawa,
sonriente en la foto. Cuando la veo, el vértigo se convierte –por arte de
sonrisa- en el placer de una caída libre.
Qué envidia...
ResponderEliminarLa sonrisa de Hawa lo merece y dice todo. Sigue dándonos envidia...
ResponderEliminarClaramente estás haciendo valer "enseñando es como se aprende"...benditas sumas...
ResponderEliminarDonde quedaron aquellos garabatos de homomorfismos, laplacianos e integrales triples, menós mal que ahí quedaron...
Creo que estás haciendo algo maravilloso, porque como dices al llegar y ver la sonrisa de esos niños se te olvida el camino que has pasado hasta llegar hasta alli ;) les das muxo pero ells te ofrecen mas :D como con tan poco pueden ser tan felics, imagino que te lo preguntaras tu tb y que realidad tan diferente a la d aki...
ResponderEliminarTe deseo lo mejor, imagino q cambiara tu forma de ver la realidad despues d vivir todo akello, enriqueciendo más aun tu persona.
Un abrazo.
Estoy totalmente de acuerdo con tu comentario, estimado anónimo.
EliminarAñadiría que sólo por el hecho de plantearte un proyecto altruista ya sales ganando, antes incluso de poner algo encima de la mesa, porque sólo con imaginarte como protagonista, aunque en realidad siempre eres secundario, ya se te alborota el alma. Hablaba de esto en la primera entrada de este blog, "Empiezo a picar",cuando decía que simplemente con anunciar lo que tenía previsto hacer ya notaba que me iba enriqueciendo.
Muchas gracias por tus buenos deseos.